21 de septiembre 2026
La Hoja del Lunes nos publica un artículo de Benito Zuazu
Artículo:
¡Colgando las gafas!
—¿Dónde vamos? ¿A Urgencias? —preguntaron mis hijos asustados.
—Papá ha tenido un ictus —les contestó su madre.
Pronto se enteraron familiares, amigos, cuñados/as, mis hermanas. Todos se pusieron a rezar, el poder de la oración es algo que he vivido en primera persona y por lo que siempre tendré que dar las gracias. Aunque, curiosamente, mientras todos rezaban por mí, yo prácticamente ni me enteraba de lo que estaba sucediendo, veía otras cosas… Pasé cinco días en la UCI. En un momento determinado, el pronóstico llegó a ser muy preocupante.
Han pasado ya dos meses y medio desde entonces. Estoy en casa, he podido volver a ver y abrazar a muchas de las personas que rezaron por mí y continúo con mi recuperación. Todas las semanas tengo mis “clases”: fisioterapia, logopedia, psicología, neurología… Y precisamente durante este proceso de rehabilitación me ocurrió algo que me ha hecho pensar mucho, me di cuenta de que había ¡colgado las gafas!
¿Qué significa colgar las gafas?
Todos llevamos unas gafas puestas sin darnos cuenta, son las gafas de nuestras preocupaciones, del trabajo, de los estudios, de la hipoteca, de las reuniones, de las prisas, de las obligaciones, de lo que tenemos que hacer mañana y de lo que no hemos conseguido terminar hoy. Incluso podemos llevar puestas las gafas de nuestra relación con Dios cuando la convertimos simplemente en otra lista de cosas que “hay que hacer”. Vamos tan pendientes de nuestra propia vida, que muchas veces dejamos de ver la vida de quienes están a nuestro lado.
Después del ictus, algo cambió. No voy a entrar en los detalles más íntimos de mi experiencia, pero sí hubo algo que vi con una claridad enorme: tenía que querer más a mi gente, tenía que aprender a vivir más y mejor para los demás, entonces empecé a mirar de otra manera.
Al salir del hospital y caminar por la calle, comencé a fijarme en las personas, veía gente mayor, jóvenes, niños, personas de mi edad… Uno iba en silla de ruedas, otro caminaba con un andador, otro tenía dificultades para moverse y pensé: ¡Qué complicado puede ser vivir! Quizá esas personas siempre habían estado ahí, la diferencia era que ahora yo las veía y entendía.
En el supermercado
Un día fui con mi mujer a hacer la compra. El supermercado era el de siempre: luces, estanterías, carros, alimentos, gente entrando y saliendo… Nada extraordinario, pero yo lo veía de una forma distinta. Al llegar a las cajas observé a una persona mayor que tenía dificultades para colocar y cargar su compra, sin pensarlo demasiado, me acerqué:
—¿Quiere que le ayude?
—Te lo agradezco —me respondió.
No hice nada extraordinario, apenas fueron unos minutos, pero cuando volví junto a mi mujer sentí una felicidad enorme y entonces lo entendí: ¡Había colgado las gafas! No se trataba simplemente de ayudar a alguien con unas bolsas, lo importante era haber sido capaz de verlo y ayudar.
Las personas que cuidan
Esta nueva mirada se hizo todavía más evidente en el centro donde realizo mi rehabilitación. Allí comparto espacio con muchas personas. Algunas son más jóvenes que yo, otras tienen mi edad y otras son mayores, cada una lleva su propia historia y sus propias dificultades, pero también están los profesionales que nos atienden. Fisioterapeutas, logopedas, psicólogos, neurólogos y otras personas que trabajan cada día ayudando a quienes necesitamos recuperar aquello que una enfermedad nos ha quitado o nos ha limitado. Empecé a observarlos.
Veía cómo trataban a los pacientes con cariño, paciencia, ternura y respeto. Cómo repetían un ejercicio una vez más, cómo animaban, cómo acompañaban, cómo conseguían que una persona que había llegado preocupada pudiera marcharse con una sonrisa, aquello me conmovía.
Al volver a casa se lo dije a mi mujer:
—Mariajo, ¡qué importante es querer y cuidar a los demás!
Y entonces comprendí mejor algo que tantas veces había escuchado: la importancia de los detalles, de las cosas pequeñas, del servicio, del hacer la vida agradable a quienes tenemos cerca… Lo había oído tantas veces, pero ahora empezaba a vivirlo…
Aprender a mirar
Cada mañana, cuando entro en rehabilitación, sigo observando a las personas. Hay quienes sonríen y saludan, otros están más serios o preocupados y alguna vez, al ver a alguien especialmente triste, pienso para mis adentros: ¡Hoy lleva las gafas puestas!
Quizá está viendo solamente su enfermedad, sus problemas o todo aquello que le preocupa, pero lo entiendo perfectamente, porque yo también he llevado esas gafas durante muchos años y seguramente habrá días en los que vuelva a ponérmelas, porque todos las llevamos: Las gafas del trabajo, las gafas de los problemas, las gafas del dinero, las gafas de las obligaciones, las gafas de nuestros planes, las otras gafas de: “yo tengo que…”, “yo necesito…”, “yo quiero…”. Y mientras las llevamos puestas, podemos pasar al lado de muchas personas sin llegar realmente a verlas. Pero, algunas veces, la vida te obliga a detenerte, otras veces, es el Señor quien te quita las gafas y entonces descubres algo que probablemente siempre estuvo delante de ti.
Que la vida no consiste solamente en uno mismo, que merece la pena entregarse a los demás, que merece la pena querer a nuestra gente, merece la pena cuidar, merece la pena estar ahí (cuando nos necesitan) y todo, sin esperar nada a cambio. De repente te acuerdas de que hace tiempo que no llamas a un amigo. Tengo que llamar a Javi, ¿Cómo estará Antonio? ¿Mis hermanas? ¿Cuándo hable con ellas? Te das cuenta de que quizá alguien necesita simplemente que le preguntes cómo está.
Empiezas a valorar de otra manera a tu mujer, a tus hijos, a tus amigos, a las personas que trabajan contigo, a quienes te cuidan y también a aquellos desconocidos con los que te cruzas cada día. Después de todo lo vivido, creo que estoy aprendiendo precisamente eso: A mirar. Descubrir que detrás de cada persona hay una historia que desconocemos, una preocupación, una enfermedad, una alegría, una familia, una lucha. Y que nosotros podemos hacer algo, aunque sea muy pequeño, para hacerle la vida un poco mejor.
Quizá para eso haya tenido que pasar por todo esto, para comprender de verdad algo que me habían explicado muchas veces, pero que todavía no había terminado de aprender: que lo importante es entregarse y querer a los demás. Suelen ser anodinos, no destacan, pero están ahí y me necesitan: mi familia, mis amigos, a quienes Dios pone a nuestro lado. Porque cuando uno consigue colgar esas gafas con las que mira solamente sus preocupaciones y sus propios asuntos, empieza a descubrir lo que realmente merece la pena y yo quiero intentar no volver a ponérmelas, quiero aprender a vivir para mi familia, para mis amigos y para Dios, porque al final eso es lo que permanece, eso es lo verdaderamente importante ya que es lo que vale la pena en este mundo y en el que nos espera.
Por Benito Zuazu
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